
Interrumpo las crónicas del último viaje a Uruguay para compartir un artículo escrito el año pasado sobre los conflictos mineros en Ecuador. Dado el clima que se vive hoy día en el país andino me parece pertinente.
Una de las características del sistema económico neoliberal y de su ética del mercado derivada, es su capacidad para pasarse de la raya en cuanto a aquellos bienes que son susceptibles de ser comprados y vendidos. No es lo mismo un automóvil o una casa que el acceso a la salud y educación. En el marco de esta tendencia económica, verbalmente atacada pero legalmente auspiciada por las mal llamadas nuevas izquierdas latinoamericanas, las concesiones –inconsultas- de tierras comunitarias o fiscales a empresas mineras extranjeras para su explotación a gran escala son un realidad devastadora. En un pavoroso deja vú que recuerda los últimos quinientos años de colonización, se insiste en imponerle al horizonte un espejo que dirige nuestros pasos hacia la miseria de la que ya proceden.

La Comunidad de Victoria del Portete, cerca de Cuenca, en los Andes Ecuatorianos, lucha desde el año 2004 con la transnacional canadiense “I am Gold”, quien ha tramitado la concesión de 12.967 hectáreas de páramo andino en Quimsacocha (en quechua, Tres Lagunas) para la extracción de oro y cobre. Aquí me hospeda Gustavo Quesada, sociólogo de la vecina Tarqui. Durante dos días, comparte conmigo las experiencias surgidas de esta lucha. Una lucha desigual y asimétrica que se da en un contexto dantesco, con un nuevo texto constitucional de fondo que declara al agua recurso estratégico, pero abre el juego abiertamente a las mineras para contaminarla con arsénico y cianuro. Más coherentemente con sus oscuras intenciones, el gobierno de Correa ha hecho clic derecho y cambiado el nombre del Ministerio de Energía y Petróleo por el de Ministerio de Minería y Petróleo. El texto de la ley, apenas accede a decir que las comunidades locales deben ser informadas –no consultadas- sobre los proyectos aprobados.

Fue Jaime Hurtado (Político ecuatoriano, 1937-99) el que dijo: “¿Cual es la alternativa para los pueblos, morirse de hambre con los brazos cruzados o movilizarse?” Decididamente, los habitantes de Victoria del Portete, Tarqui, y el resto de las parroquias vecinas, han optado por la última opción. El 5 de junio de 2007, en el mismísimo Día del Medio Ambiente, cientos de campesinos y activistas ambientales salieron a cortar la ruta que une Tarqui con Victoria del Portete, demandando la presencia del Ministro de Energía. Tras una represión policial que dejó 12 heridos, el ministro se dignó a presentarse, sin dar obviamente solución alguna al asunto. En paralelo, otros emprendimientos mineros como el Proyecto Mirador, en el Valle del Intag (de la canadiense Ascendent Copper) fueron paralizados por cientos de manifestantes. La respuesta del gobierno ante un pueblo que le reclama coherencia con la campaña que lo llevó al poder fue arrestar a algunos de ellos bajo cargos de terrorismo… En Cuenca, el ejemplo paradigmático es Nidia Soliz, la representante del Frente Nacional para la Salud de los Pueblos de Ecuador. En esta ciudad también converso con Lina y Fernando, de la Coordinadora Nacional por la Defensa de la Vida y la Soberanía. Mi mano toma notas en la libreta con suma torpeza, debido a la adrenalina que suscitan las historias que me relatan.

La comunidad campesina de estos Andes tiene una abanico de motivos para dar sustento a su ira. En primer lugar, si el proyecto minero –actualmente en fase de explotación- inicia actividades, las aguas de los ríos Yanuncay y Tarqui se verán expuestas a las filtraciones de cianuro, arsénico y mercurio provenientes de la actividades mineras. Siendo que el principal ingreso de los 2.700 habitantes de la zona proviene de la actividad ganadera, no está claro de que sobrevivirán cuando las aguas comiencen a recibir las filtraciones de los diques de la minera. Pero eso no es todo…Como los terrenos de
Quimsacocha se encuentran en una divisoria de aguas, también los cursos de agua contaminada versarán hacia el litoral atlántico.
Mientras el campesinado hunde sus pies en el barro, corta rutas y alza la voz, la población urbana los contempla en relativa apatía. En los sectores profesionales, incluso creen en el mito absolutorio de la minería sustentable, fomentada bajo chantaje emocional por las mismas mineras que de vez en cuando donan un torno para una escuela técnica o algún equipamiento para el hospital. En la ciudad de Cuenca, el 70% de la leche consumida proviene de los campos aledaños a Victoria del Portete. Esto parece no importarle demasiado a la mayoría de los estudiantes locales que, más ansiosos por los detalles técnicos del último I-phone, miran con una mezcla de fascinación e incomprensión cómo sus decanos realizan huelgas de hambre en protesta por la detención de los manifestantes.


Así están las cosas en nuestro continente hoy. Hace 500 años el colonizador europeo dejaba espejitos a cambio de oro.
Y hoy el panorama sigue sin cambios. Las comunidades locales deben trabajar a sueldo en la devastación de su propio ecosistema para que los ricos del hemisferio norte ostenten oro en sus orejas y la calse política nativa retenga comisiones millonarias para sus bolsillos. Más allá de su nimia aplicación como material de alta conductividad en circuitos electrónicos, nadie puede explicar para qué sirve el oro.
El nivel de ingenuidad requerido para entender este irracional fetiche sólo parecen tenerlo los Neanderthal y los empresarios canadienses. Número 79 de la tabla periódica, radio atómico 174, símbolo “Au”. Apenas una más de las tantas configuraciones posibles de recombinar el polvo cósmico que nos urde. Y sin embargo, (nos) matamos por él.